Alemania ha conquistado Brasil y no solo por ganar el Mundial de fútbol. La selección germana planificó al detalle cómo debía ser su comportamiento para aprovechar un mercado potencial de 200 millones de habitantes.

Los estrategas alemanes convirtieron a sus futbolistas en los más carismáticos de las 32 selecciones que jugaron el campeonato. De repente pasaron de ser vistos como fríos nórdicos sin carácter a proyectar una imagen de hombres humildes, solidarios y hasta divertidos. ¿Espontáneo? ¡Para nada! Alemania lleva ayudando a los países anfitriones desde el Mundial de México de 1986 y aprovechando la oportunidad para extender sus garras comerciales.

Un año antes del Mundial, un grupo de trabajadores de la federación alemana viajó a Brasil para buscar un lugar donde concentrarse. Encontraron su particular paraíso en Santo André, una pequeña localidad del estado nordestino de Bahia. Construyeron sus propias instalaciones, incluido un campo de fútbol y un aeropuerto, una decisión que en un primer momento fue muy criticada en Brasil porque denotaba cierta prepotencia.

La selección alemana recoge el trofeo.

La selección alemana recoge el trofeo.

 

Alemania dio la vuelta a la especulación inicial y con la colaboración de varias fundaciones, ayudó a reconstruir el lugar. Los apartamentos donde se han alojado los futbolistas han sido donados al pueblo y además disfrutarán de un centro médico reformado y una escuela más moderna. Por otro lado, los alemanes han donado bastante dinero a la población indígena de la zona, a los niños huérfanos y necesitados y a ciudadanos de a pie que han acogido a los campeones del mundo con una sonrisa desde el primer momento.

Pero no solo eso. El equipo de marketing y comunicación de Alemania ha demostrado cómo se deben hacer las cosas para crear una imagen positiva en un gran evento deportivo. Primero, tratar de comunicarse en el idioma local. Los jugadores alemanes han aprendido frases básicas e incluso han tuiteado en portugués.

El caso más significativo es el de Podolski, que se ha convertido en todo un ídolo en Brasil gracias a la fascinación que ha mostrado por el país.

Han publicado varios vídeos en portugués dando las gracias por la acogida (“no se imaginan cómo Brasil forma parte de nosotros”). Con ellos lograron que muchos brasileños vieran a Alemania como su segunda selección.

Otra manera de ganarse a la gente de forma muy pero que muy consciente y estudiada fue vestirse con las camisetas de los equipos locales más populares como Flamengo y Bahia, firmaron autógrafos sin descanso y se relacionaron directamente con los aficionados. Pasearon tranquilos por las playas, sin seguridad, sin temor, con naturalidad. Apoyaron públicamente a la selección brasileña, aunque por dentro estuvieran deseando perderla de vista lo antes posible y derrocharon la humanidad que en ocasiones se les cuestiona.

Me encanta la actitud de los alemanes, la he alabado durante todos estos días y considero que debe ser un ejemplo de la imagen que deben proyectar las selecciones nacionales si lo que quieren es ser respetadas e idolatradas. Prefiero no hablar del caso español porque siento vergüenza.

España hizo exactamente lo contrario a lo que se presuponía tendría que hacer un equipo campeón con un pueblo amable como el nuestro. El caso es que durante la celebración de la victoria en Alemania, los jugadores menospreciaron a Argentina en sus cánticos, algo que me hace dudar un poco de la bondad y la humanidad exhibida en tierras brasileñas. Si son tan respetuosos, ¿cómo pueden reírse del subcampeón?

Lo que queda de todo esto es que Alemania ama Brasil (o eso es lo que ha ‘vendido’) y los brasileños adoran Alemania incluso después de endosar una histórica y ridícula goleada por 7-1 a su selección pentacampeona. El mérito es de ellos, que han conseguido rebajando sus humos de estrellas futbolísticas, ganarse el cariño de un país de dimensiones continentales. El mercado alemán está de enhorabuena. Y Merkel también.



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