Mi último viaje a Brasil lo hice sola. No era la idea. En principio estaría acompañada por mi novio, exnovio, qué sé yo… Aquélla persona con la que había compartido más de tres años de mi vida y que esperaba que cuidara de mi en su país como yo hice en el mío. Pero no. Me abandonó.




Durante casi todo el viaje de ida tuve la esperanza de que apareciera en el aeropuerto de Galeão. Casi no me podía creer que me dejara tirada, pero al final, fue lo mejor que me pudo pasar. El destino, otra vez…

Mi cara de preocupación antes de salir de Madrid. Foto: VS

Mi cara de preocupación antes de salir de Madrid. Foto: VS

Fue el primer viaje que hice sin alegría, con miedo a lo que me pudiera pasar. Rubia, bajita, blanca como la nieve y cargada de equipaje (una mujer necesita muchas cosas para tres semanas al otro lado del charco). Pasaría un día en cada casa, algunas veces con la previsión de estar menos de 24 horas en una ciudad. Pero eso no era lo que más me preocupaba.

Tenía miedo de caminar sola por la calle, con mis cosas, mi cámara, mi teléfono, todo lo que necesitaría para trabajar. Está comprobado que en Brasil, si vas con un hombre tienes menos posibilidades de ser asaltada o violada. Pero bueno, me las tenía que apañar así… ¡Lección de supervivencia!

No tardé mucho en concienciarme del nuevo reto. Los primeros días estuve acompañada por amigos en Río de Janeiro que me enseñaron algunos rincones desconocidos para mí. Mais uma vez: ¡Obrigada! Sin embargo, tuve que dejar la ciudad para empezar a hacer el ‘tour’ que tenía programado por la ‘Região dos Lagos’. Pasé algunos momentos de inseguridad e incertidumbre, pero no ocurrió nada desagradable. Todo lo contrario. Solo encontré gente amable y maravillosa dispuesta a ayudarme en lo que hiciera falta.

Volví a Río de Janeiro y más tarde pasé una semana en Bahía con mi mi mejor amiga brasileña, Rozinha do meu coração. Achicharrada por el sol y totalmente comida por los mosquitos, regresé de nuevo a la ‘cidade maravilhosa’. El mal tiempo me limitó bastante, pero no tuve ningún incidente que resaltar. Continué conociendo a gente increíble, alegre, curiosa, inquieta, que quería saber más de mi como yo también quería saber de ellos.

La calle donde paró el coche que me siguió en Paraty. Foto: Virtudes Sánchez

La calle donde paró el coche que me siguió en Paraty. Foto: Virtudes Sánchez

En la última fase de mi viaje, la historia se complicó. Todo empezó en Paraty, ciudad colonial que un día fue la mayor exportadora de oro de Brasil. Llegué más tarde de lo que esperaba. Pregunté al personal de la posada donde me alojé si era seguro caminar sola por las calles de alrededor y si necesitaría volver en taxi cuando cayera la noche.

“No, no, no se preocupe. Por aquí todo es muy tranquilo y siempre hay gente haciendo deporte. Puedes regresar sola sin problema“, me dijeron. Perfecto. Con aquella firmeza del recepcionista pensé que podía estar realmente tranquila.

Fui al centro a cenar y volví andando por unas calles diferentes a las que había visto en el camino de ida. Quería tomar fotos desde otras perspectivas.

Por el camino, pregunté dos o tres veces cómo tenía que hacer para volver a la avenida principal, donde había un río que estaba rodeado de posadas. Recordaba que la mía se encontraba en una de las perpendiculares, pero no sabía exactamente cuál. Me metí por una de ellas y llegué hasta el final, donde se suponía que tenía que estar Villa Harmonia.

Me confundí de calle, y quise buscar de nuevo mi referencia, que era el camino del río. Cuando estaba llegando, me di cuenta de que un coche negro había aparcado en la esquina. “¡Vaya tela! ¿Y ahora qué?”, pensé. No me puse excesivamente nerviosa, no sé si tenía la completísima seguridad de que aquél día aparecería de nuevo un ángel de la guarda en mi camino.

En lugar de continuar por la acera donde estaba aparcado el coche, atravesé la calle principal y rápidamente me di cuenta de que había un hombre unos 100 metros delante de mí. Me apresuré, fui casi corriendo cuando el coche negro arrancó. Siguió despacio y cuando pasó a la altura de aquél chico, lo saludó: “Valeu irmão!”. Pensé que se conocían. Sin embargo, cuando por fin lo alcancé y le dije que estaba perdida y con miedo por la presencia de aquél coche, se puso nervioso. “Ahora entiendo todo”, me dijo.

No conocía a los tres hombres que iban dentro y que, por cierto, no eran de la ciudad. Se alarmó porque recordó que no hacía mucho tiempo habían violado a una chica cerca de aquélla zona. Pero entonces, “¡¿cómo han podido decirme que era tranquila?!”, reclamé.

Sergio, que así se llama mi salvador, se aseguró de dejarme en la puerta de la posada sana y salva. Le di un fortísimo abrazo, intercambiamos contactos y le agradecí por haberme liberado del peligro. Si no hubiera aparecido, ¿quién sabe donde podría estar yo ahora? No lo quiero ni pensar… Estaba claro que esa gente buscaba hacer daño. A uno de los dos, pero seguramente al más indefenso.

La segunda persecución, en Río de Janeiro

El segundo momento más complicado de mi viaje lo viví en el lugar que menos podía imaginarme, entre los barrios de Ipanema y Leblon, cerca de los famosos restaurantes Garota de Ipanema y Vinícius.

Aquélla mañana estaba mareada y un poco perdida, hacía un calor sofocante y un sol intensísimo que me dejó sin fuerzas. Mis defensas estaban agotándose pero traté de recuperar el aliento para aprovechar mi último día completo en Río de Janeiro. No pudo ser.

Aspecto de la playa de Ipanema la mañana que fui seguida por un hombre en Río de Janeiro. Foto: Virtudes Sánchez

Aspecto de la playa de Ipanema la mañana que fui seguida por un hombre en Río de Janeiro. Foto: Virtudes Sánchez

Caminaba tranquila por una calle comercial repleta de gente cuando sentí sobre mi la intensa mirada de un señor de unos 50 años y aspecto formal. Alto, blanco, un poco calvo, podría ser brasileño, europeo, americano… No cumplía para nada con el perfil de ladrón o pivete que tenemos todos en mente.

Quizá no era un ladrón y sí un acosador, un secuestrador o simplemente un pervertido. El caso es que no me quitaba ojo de encima, giraba la cabeza cada dos por tres para asegurarse de que continuaba caminando en la misma dirección.

Comencé a andar más despacio y él hizo lo mismo hasta que llegamos a estar prácticamente a la misma altura, en paralelo. Me puse nerviosa y me di la vuelta como queriendo seguir en dirección contraria. Pero así no lo veía y no me tranquilizaba nada no saber qué estaba haciendo. Me metí en una tienda de bikinis para que me perdiera de vista, pero ¡me encontró!

Llevaba cinco minutos dentro cuando me di cuenta de que ¡estaba detrás de mi! Fui corriendo a hablar con los dependientes. “¡Ese hombre me está siguiendo!”, les dije. Él lo escuchó y se fue corriendo a la calle. Uno de los dependientes salió también para comprobar si se había ido. ¡Pero no! Seguía allí, cerca de la puerta, hablando por teléfono.

Los chicos que trabajaban en aquella tienda me aconsejaron que, o bien me quedara dentro un buen rato, o cogiera un taxi y volviera a mi hotel. Así lo hice. Yo quería aprovechar un ratito más de playa, pero renuncié por seguridad. Me fui a mi apartamento del día en Copacabana pensando todo el rato en aquélla historia del hombre que me siguió.

Si no hubiese aprendido de los brasileños a mirar al frente por la calle, probablemente el desenlace hubiera sido diferente. De nuevo, un ángel de la guarda me salvó. ¡Que me acompañe siempre!

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