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Esta semana he conocido la dramática historia de uno de los tantos españoles que se fueron a Brasil escapando de las garras de la crisis económica.  En adelante lo llamaré Juan porque no quiere que se conozca su verdadera identidad.





Tiene vergüenza de que alguien lo identifique. Vergüenza… eso que deberían sentir los corruptos, los estafadores, los que sacan beneficio de la buena voluntad de la gente, pero no los trabajadores honrados que no ha tenido suerte en su búsqueda de una vida más próspera. En fin, lo respetaremos igualmente.

Juan es un emigrante madrileño. Tenía una pequeña tienda en su localidad natal, Aranjuez, que comenzó a venirse abajo tras la caída de las ventas y la presión de los proveedores. Lamenta que nadie lo ayudara cuando todavía podía sacar a frote ese proyecto en el que llevaba años trabajando.

Ni asociaciones de pequeños empresarios, ni cámara de comercio y, por supuesto, mucho menos los bancos. En aquél entonces, hace más de cinco años tenía a una chica trabajando en su negocio. Era brasileña. Ella le recomendó que se fuera a Brasil e intentara emprender de nuevo con la expectativa de que el país viviría sus mejores momentos con el Mundial de fútbol de 2014 y los Juegos de Rio 2016. 

Compró un billete de avión, hizo dos maletas y se marchó a Goiania, la tierra natal de su dependienta, que había prometido ayudarle a hacer contactos para empezar una nueva vida. Allí conoció a su actual mujer, que también tenía una tienda que era administrada por su sobrino.

Ella se encargaba de la reposición de los productos y la venta, pero no de las cuentas. Él empezó a entregar mercancías y atender a algunos clientes, pero siguieron confiando en la administración de este familiar a quien entregaron los 18.000 euros que Juan había logrado reunir antes de marcharse a Brasil. Con ese dinero supuestamente ampliarían el negocio y harían frente a algunos gastos pendientes. Sin embargo, el sobrino se fugó con el dinero dejando sin nada a la pareja.

Este hecho desencadenó una crisis familiar y una lucha judicial tediosa y larga que no dio los frutos esperados. “La vida en esa ciudad era complicada, los dos sin dinero, la familia de ella que daba la razón al sobrino porque creían más su historia que la del gringo que llegó de un país que no sabían ubicar en un mapa. Empezamos en ese tiempo con los primeros problemas: pasar hambre, corte de luz, corte de agua, pasaba por la puerta de un supermercado y lloraba, estábamos solos, sin ayuda, sin amigos, sin nada”, recuerda Juan.

Campinas, en São Paulo, es la ciudad en la que reside Juan. Foto: Andre Kenji de sousa

Campinas, en São Paulo, es la ciudad en la que reside Juan. Foto: Andre Kenji de Sousa

 

“Un día fuimos a un ‘land house’ (cibercafé), allí mi esposa pudo enviar un e-mail a una amiga de Campinas solicitando ayuda. Pasado unos días la llamó y la dijo que nos fuésemos a esa ciudad que todo ‘daría certo’ (saldría bien). Yo seguía sin entender nada, pero estaba solo, estaba desesperado, estaba con mucha hambre…

Llegamos a Campinas como pudimos, yo con mis dos maletas donde estaba todo lo que tenía dentro, solo ropa, y ella más o menos igual, más bien menos. La propuesta de la amiga fue la de quedarnos unos días en su casa mientras buscábamos algún sitio para alquilar donde vivir, ese contrato de alquiler sería hecho a nombre de la amiga y trabajaríamos para ella en su tienda para poder pagar dicho alquiler”, continúa explicando Juan.

“Visto así no estaba mal, conseguimos vivienda (indigna) y comenzamos a trabajar, ese primer mes no teníamos nada de dinero y la amiga ya había adelantado tres alquileres de fianza, había comprado una cazuela de aluminio, dos cucharas, dos tenedores y dos cuchillos y nos daba mucha vergüenza pedir algo adelantado, por lo qué, para comer, los dos salíamos en la hora del almuerzo a pedir en un restaurante que nos guardasen algo de lo que sobraba, dimos tanta pena que conseguimos un ‘marmitex’ (ración en recipiente de usar y tirar normalmente de aluminio tipo los que se usan en las tiendas y puestos de pollo asado) diario para los dos, para mi todo un lujo, me sentía el hombre más humillado del mundo pero debía seguir luchando”, cuenta antes de explicar que el sueldo de un vendedor en una tienda en Brasil es el salario base, que actualmente está fijado en 788 reales (231 euros) y entre un 1 y un 2% de comisiones.

La dueña de la tienda aprovechó esta situación de necesidad y precariedad para pagarles un solo sueldo a cambio del trabajo de los dos. La luz, el agua y el resto de gastos derivados de su estancia en la vivienda donde residían eran descontados de su salario. Como consecuencia, Juan y su mujer, aún estando trabajando, tuvieron que seguir pidiendo comida en la calle.

Dos botellas de cerveza a cambio de ser testigo en su boda

Con la esperanza de que podrían mejorar las expectativas de encontrar un trabajo digno, Juan decidió casarse con su actual mujer y arreglar toda la documentación que le permitiría ser contratado de forma legal. “Conseguí, gracias a mi familia los documentos para casarnos, debíamos regresar a Goiania para hacerlo, pedí el dinero para el viaje y fuimos a un ‘cartorio’ (similar al registro civil). Intentamos buscar amigos o conocidos para que hiciesen de testigos, pero allí no apareció nadie.

Buscamos en la calle a dos personas que pudiesen ser testigos, conseguimos dos tipos que estaban bebiendo en un bar y que por dos botellas de cerveza accedieron a ser testigos. Imagina la boda, una pareja con ropa de calle que se casa, dos testigos que en fin, sin alianzas, sin fotos… todo un cuadro, nunca me sentí tan humillado”, recuerda.

La familia de Juan volvió a dejarle el dinero suficiente para comprar un billete de avión con el que volver a España a buscar trabajo. Sin embargo, lo que encontró fue una situación desesperada y desesperante para las personas de su entorno. A la falta de posibilidad de conseguir un empleo que le permitiera volver de forma definitiva se unió una pésima noticia: su mujer había sufrido una aneurisma cerebral, un dilatación en la pared del cerebro. 

“Hubo complicaciones por una bacteria en el pos-operatorio y eso le llevó a una situación que los médicos aseguraron que no podían hacer más. Ellos dijeron: “Ahora es solo Dios”. Imagínate como cae eso a un ateo… Ella muriendo, yo en España, ella sin familia, yo con angustia…

Después de 12 días en la UVI, después de una parada, después de una traqueotomía, despertó. Ningún médico se lo podía creer, tenían el óbito firmado y despertó con secuelas muy leves cuando estaba asegurado que si regresaba tendría secuelas muy importantes por falta de oxígeno en el cerebro. Pero salió bien, todo el mundo dice que fue “abençoada”, y yo en España…”

Durante su recuperación, que duró varios meses, estuvo acompañada por algunas amigas que había hecho en una iglesia evangélica. Juan, por su parte, continuaba arreglando su situación en España. Consiguió el visado permanente que le permitiría obtener un permiso de trabajo en Brasil y volvió para reencontrarse con su mujer.

Siguieron trabajando en la tienda de su conocida en Campinas hasta que recibieron una oferta mejor en una localidad cercana. Los dueños de otro establecimiento se comprometieron a pagarles 2.400 reales para los dos (700 euros).

“Con el primer salario compramos ropa interior para ella, una caja con doce latas de cerveza y nos dimos el placer de hacer la compra para la semana, sin lujos, pero sin hambre”, explica Juan en su carta, donde cuenta cómo después de conseguir una buena base de clientes y poner en marcha el negocio, él y su mujer fueron despedidos.

¿Alguien puede ayudar?

“Actualmente nuestra situación es desesperada, nadie nos ayuda, no encontramos trabajo, no tenemos amigos (de verdad),se acaba el poco dinero que tenemos. La familia de ella desde el problema del dinero no quieren ni saber, la mía ya le he quemado… De nuevo regresa la oscuridad, el miedo, las discusiones, los nervios, queremos trabajar y no encontramos un sitio donde hacerlo.

Cuántas y cuántas noches las paso en blanco preguntándome por qué no me muero, cuántas y cuántas veces, ella, mi esposa, me pregunta por qué Dios no se la llevó en aquellos momentos pasados… Son cinco años de lucha, mucha lucha, de mucho sufrimiento, de muchas lágrimas y no he, no hemos, conseguido nada, solo vivir para sufrir a cambio de nada”, narra Juan en unas líneas verdaderamente emocionantes.

“Estoy invadido por la tristeza, por el desánimo, por la impotencia, ahora solo soy un cincuentón fracasado y con un gran sentimiento de culpabilidad, preguntándome todos los días en qué me he equivocado… En fin, tengo hambre, no hay casi nada, mejor me voy a dormir, igual, con suerte, no me despierto”, concluye.

Juan me ha mandado una amplia carta de la que he extraído los fragmentos fundamentales para entender el momento tan dramático que está pasando en Brasil. He considerado oportuno publicarla porque creo y confío en que haya algún empresario, español o brasileño, que pueda ofrecerle un trabajo con el que salir adelante.

Me consta, porque es una persona conocida entre la comunidad española en Brasil, que es un hombre luchador y trabajador y considero que merece no solo ayuda sino una oportunidad para demostrarse a sí mismo que la expectativa que debería estar asentada en su cabeza es la de continuar buscando la felicidad y no esperando a que un fatal desenlace ponga fin a su vida.

Si me encontrase en su situación me gustaría, obviamente, que alguien me echase una mano. Hoy la ayuda la pido para él y para su mujer. Si alguien puede hacer algo solo tiene que ponerse en contacto conmigo, que haré de intermediaria para quien pueda ofrecerle una salida. ¡Gracias de antemano!

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