Más de la mitad de las personas con la que comparto mi tiempo cuando estoy en Madrid son de Brasil. Algunos, amigos, a otros me los voy encontrando por ahí. Los que no me conocen, no me siguen, no saben de donde he salido ponen cara de susto cuando les digo que me gusta mucho su país. “¿Por qué te encanta tanto? ¿Has ido de vacaciones?” Y ahí empieza todo el relato de mi vida brasileña…

Que al final, tienen razón, es una vida por intervalos. Con dificultades, pero sin necesidades. Nunca tuve que ir al servicio de salud público, del que tanto se quejan, ni cobré en reales. Verdad. Todo eso es verdad. Sin embargo, no significa que haya vivido en algún momento, allí o aquí, a pierna suelta, sin trabajar. Al contrario. Para poder disfrutar de esa ‘luna de miel’ por fases he tenido que renunciar a muchas cosas. Hasta hoy.

Vistas de Rio de Janeiro desde el morro de Babilonia. Foto: VS

Vistas de Rio de Janeiro desde el morro de Babilonia. Foto: VS

 

¿A qué? A tener un trabajo fijo con un salario fijo en un lugar fijo. Estabilidad. Lo más importante. Mientras la mayoría sabe lo que va a ganar a final de mes, yo tengo que sumar de aquí y de allí, restar, dividir y hacer un montón de cuentas para ver si al final me da para hacer frente a todos los impuestos que un español independiente, autónomo, tiene que pagar (278 euros de base reducida más declaraciones trimestrales, IVA, IRPF…) Los emprendedores en España son los que tienen (tenemos) las peores condiciones de toda Europa. Y esa es una presión muy fuerte. Una soga permanente en el cuello que solo quien ha corrido el riesgo de salirse del camino establecido conoce.



Pero no eso es lo que quería contar. Odio la queja, por eso me encanta Brasil. Porque los brasileños no lo ven, pero ellos, en situaciones más críticas no se lamentan tanto. A lo mejor con una pantalla delante, un poco más, pero no en la vida real, en la de la calle, la del ‘olho no olho’. No reclaman, sonríen. Y esa positividad contagia. Porque al final somos como son los que tenemos alrededor.

El otro día un carioca que vive en Madrid, amigo de amigos comunes, se sentó frente a mi, curioso, después de un largo debate sobre política. No estábamos de acuerdo en la mayoría de las cosas. Me miró a la cara, cruzó las manos, apoyó los codos sobre la mesa y dijo: “Quiero entrar en tu mente, te quiero entender: ¿Qué es lo que ves en Brasil que te gusta tanto?”

Vistas de Madrid desde la azotea del Círculo de Bellas Artes. Foto: VS

Vistas de Madrid desde la azotea del Círculo de Bellas Artes. Foto: VS

 

No me sorprendió la pregunta, porque me la han hecho muchas veces, lo que me llamó la atención fue el gesto, el semblante de quien no comprende por qué un día cogió un avión para vivir “no primeiro mundo” mientras a alguien autóctono de ese lugar le brillan los ojos dando la vuelta a todo aquello de lo que él tanto reclamaba.

“No te das cuenta porque no eres de aquí, como yo a lo mejor no me doy cuenta porque no soy de allí”, respondí. Puede que viva un falso idilio, que un día tenga que reconocer que de verdad no eran tan maravillosas las cosas como yo las veía, pero tampoco son perfectas aquí.



“Ah, pero aquí tenéis una sanidad pública muy buena”. Claro, sí, y para conseguirla han tenido que pasar cientos de años de lucha y de sacrificio. Y para disfrutarla hay que pasar por caja a base de impuestos. No es gratuita, no. ¿Cómo íbamos a pagar a los médicos, enfermeros, las máquinas, las instalaciones? ¿De dónde cree la gente que viene de fuera que sale el dinero? De los impuestos. Incluidos esos 278 euros mensuales de mi cuota de autónoma que no utilizo porque, por suerte, pasan meses y meses sin necesitar ir a un centro de salud.

“¿Sabes cuánto paga un micro emprendedor en Brasil?”, le pregunté. “Ah… no sé, ¿cuánto?”. “50 reales”, dije. En realidad, depende del caso, pero el máximo es de 57,30, poco más de 13 euros. “Da para pagar la cuota, contratar un seguro de salud individual y te sobra dinero”.

 

¿Qué quiero decir con esto? Que no en todos los casos se está mejor “no primeiro mundo”. Que hay más calidad de vida, por supuesto. Siempre digo que lo que más echo de menos cuando estoy en Brasil es el supermercado. Por la variedad, la calidad y los precios. En Rio de Janeiro hacer una compra básica es caro.

¿La seguridad? Sí, también. Salir a la calle en España no debería ser peligroso, a ninguna hora del día o de la noche. Pero no hace mucho tiempo un tipo me paró a las 2.30 de la madrugada cuando me escuchó mandar un mensaje de voz en portugués. “¿Eres brasileña?”, me preguntó mientras me seguía. “No, soy española”, respondí con cara de ‘chunga’. Continuó caminando detrás de mi y sacó unos billetes del bolsillo: “Toma, 30 euros, vente conmigo. Hace meses que no tengo sexo”. En Madrid… sí, en Madrid. Si hubiese sido una calle menos transitada no sé qué hubiese sido de mi.

Jamás he pasado por una  situación parecida en Brasil y llevo viajando 8 años. En alguna ocasión el miedo que he podido llegar a sentir estaba en mi mente. Cuando viví en Rio en 2016 fui a varias favelas, busqué contenidos para reportajes e hice entrevistas en un montón de lugares de la ciudad.

Iba y venía y volvía y caminaba y nunca dejé de hacer algo por temor a lo que pudiera pasarme. “Me siento protegida cuando voy por la calle”, le solté a alguien el otro día. A lo mejor no debería haber dicho eso, pensé inmediatamente.



A veces hasta me avergüenzo porque hay quien pueda interpretarlo como una falta de sensibilidad hacia quienes sí han pasado por alguna dificultad de ese tipo. Los que han sido asaltados pueden querer matarme por pensar una cosa así y la vida a lo mejor me lleve un día defender todo lo contrario. ¿Quién sabe? Hoy es así… ¡Lo siento!

Lo que sí noto en mis conversaciones con los brasileños que viven en España es que están bien pero no tanto. Les falta algo, les falta lo que yo valoro por encima de todo: el calor humano, el abrazo de la gente, la generosidad, el “feijão” de los domingos, la multitud, las ganas, la fuerza, la alegría, el color, la vitalidad, la energía, el cariño… Eso les falta. Lo reconozcan o no.



Hace unas semanas cogí un Uber para ir a una fiesta. El conductor era de Uberlândia, Minas Gerais. Primera vez que coincido con un brasileño en esta aplicación. Tres segundos y comenzó la ‘conversa’:

– “¿Cuánto tiempo llevas en España?”, le pregunté.

– “Ocho años”, me dijo.

– “¿Estás feliz?”.

– “Sí, mucho. Aquí hay seguridad, la calidad de vida…”

– “Claro, sí. Eso es muy importante pero Brasil es otra historia, ¿no?”

– “Sí, pero en Brasil hay muchos problemas y no hay la educación que aquí”.

Sacó uno de mis temas favoritos: la educación. Una de las razones que más me motivan a volver a Brasil indefinidamente.

Clase de inglés en una escuela de la Rocinha. Foto: VS

Clase de inglés en una escuela de la Rocinha. Foto: VS

 

“Yo quiero ser profesora. De hecho ya lo he sido, he dado clases de Máster aquí dos años. Pero creo que en Brasil aportaría más y me aportarían más, porque ¿sabes? Aquí los alumnos, muchos, son mimados. Tienen de todo y no lo valoran. Su nivel, especialmente en las escuelas privadas, es bajísimo. Y no los puedes suspender porque sus padres se enfadan. Seguro que allí también pasa, pero son diferentes a mi, tienen otra cultura y otra vida. Estoy segura de que les interesarían las cosas que yo he aprendido y vivido aquí. Al español, en general, no le importa nada de fuera, le interesa tener un título y una nómina y vivir haciendo lo menos posible. El brasileño es más creativo, más curioso y más emprendedor”, le expliqué.

Se quedó sin palabras, pero me dio la razón. No lo había visto desde esa óptica. Como le pasa a mucha gente. El truco es sencillo: ponerse en el lugar del otro y pensar en grande, en abstracto. Ni todo es tan malo en un sitio ni tan bueno en el resto.

Al brasileño le cuesta ver las dificultades de los españoles nacidos y crecidos en España que, como yo, las pasan canutas para vivir decentemente. Sin lujos, sin casa propia, sin coche, sin bolsos de marca ni mucho menos…

“Pero si eres periodista”, me dicen algunos. ¡Bendita ingenuidad! Creer que porque te has “formado”, como dicen ellos, vas a ser tocado por la varita de la meritocracia… ¿Cuántos como yo pasan los 30 años y no tienen absolutamente nada, ni familia además de la de sus padres? ¡Muchísimos! Y ese muchísimos lo puedo poner así, con mayúsculas: MUCHÍSIMOS. Hijos de la crisis. De más de diez años de austeridad y cambios de gobiernos que han abocado a nuestra generación a salir del país más que nunca. ¡Con lo que nos gusta España! Ojo ehh… porque para alguien de aquí irse a Londres no es ni mucho menos una bendición.

Y para terminar, porque si sigo contando anécdotas con brasileños me saldría un libro, lo que me pasó el otro día en el autobús con una amiga carioca. Cogimos una línea equivocada que no paraba donde teníamos que parar. El conductor dijo que con los billetes que habíamos comprado podíamos subir en el que venía detrás y que paraba en nuestro destino. Así lo hicimos.



Pero el otro conductor no era tan ‘gentil’. “No, no, no…” La palabra que más oigo por aquí, antes de que digas nada ya tienen preparado el NO de rigor. “No podéis usar estos billetes porque no son de la misma línea”. “Ya, pero nos han dicho que sí, los acabamos de comprar, está ahí el horario”, le dije con cara de inocente que es lo que era, al final… Pensó. Estuvo dos minutos planteándose si nos hacía comprar otros billetes o nos dejaba usar esos.

Al final dio el visto bueno para que la fila pudiera continuar, básicamente. Cuando nos aproximábamos, preguntamos si ese era el destino. Oyó la pregunta, bajó la cabeza y no respondió. Nadie en el autobús dijo nada. Nadie nos ayudó. “Ves Isabella por qué me gusta Rio. Allí alguien se habría levantado para decirnos exactamente el camino que tendríamos que seguir para llegar”. “¡Verdad!”, se indignó ella. “En Rio dirían: ve por ahí y luego gira y luego haces esto y lo otro y corre que empieza el partido”. Nos reímos. Porque al final quien pierde son ellos que no conocen una vida diferente, menos “chata”. SAUDADE! 😀

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