Porto do Rosa es un humilde barrio de São Gonçalo, el município más poblado de Rio de Janeiro. La bahía de Guanabara rodea esta localidad que nada tiene que ver con la turística capital. Casas sencillas, sin ornamentación, decoración o cualquier detalle externo que no sea el estrictamente necesario.

Ruido. Del tráfico que no cesa y de la gente, que a pesar de las dificultades no pierde la sonrisa. Y la esperanza. Cada cinco pasos surge o una iglesia evangélica o un letrero anunciándola. “Deus é fiel”, es uno de los mensajes que más se repite.

Vinícius Júnior y su padre Vinícius en una imagen de la escolinha del Flamengo en São Gonzalo. Foto: Virtudes Sánchez

Vinícius Júnior y su padre Vinícius en una imagen de la escolinha del Flamengo. Foto: Virtudes Sánchez

Vinícius Júnior nació en un entorno muy peligroso donde la compra y venta de drogas y la presencia de armas no permiten a las familias criar a sus hijos en paz. Visitar la casa donde el madridista nació no es y no será fácil para los fans que un día puedan llegar a planteárselo. Un desconocido es un intruso y en Brasil la vida de los intrusos cuesta poco.

Entre trapicheos, robos, necesidad y la lucha diaria por subsistir, el madridista alimentó una ilusión: jugar al fútbol y poder con ello ayudar a su familia. Nunca fue orientado, como otros niños, por el deseo frustrado de sus progenitores.

Al contrario. Su padre, Vinícius, se apañaba para mantener la casa y los gastos de sus dos hijos, Vinícius Júnior y Alessandra y su mujer, Fernanda. Hasta que el niño cumplió cinco años. Fue entonces cuando empezó a jugar en una unidad de las escuelas de fútbol que el Flamengo tiene repartidas por todo Brasil en busca de talento.

“Solo le gustaba el balón. Siempre destacó por encima de los otros chicos. Tenía una capacidad técnica muy superior y era muy dedicado, comprometido y trabajador”, explica ‘Cacau’, su primer entrenador. “Era tímido y a veces introvertido, pero dentro del campo se transformaba”, añade Valeria Beraldini, directora de la ‘escolinha’.

Eran tantas las expectativas sobre ese chico delgado, a veces reservado, pero siempre alegre, que llegó un momento en el que su padre tuvo que mudarse a São Paulo para ganar un poco más de dinero. Trabajaba como técnico informático y las cuentas empezaban a no salir.

A Vinícius y Alessandra se unió ‘Netinho’, que hoy tiene 12 años y juega como portero en las categorías inferiores del Rayo Alcobendas. Mientras, en la escolinha, la evolución de Vinícius no dejaba de asombrar. Le consiguieron una beca para estudiar en un colegio privado a cambio de jugar también en un equipo de fútbol sala. En esa fase aprendió a moverse en espacios pequeños. Y a aprovechar el tiempo al máximo.

“Cuando venía a entrenar a la escolinha lo hacía con todos los equipos que estuviesen disponibles. Daba igual la edad. Él solo quería entrenar y jugar, no pensaba en otra cosa”, explica ‘Cacau’.

A los 10 años pasó a formar parte del Flamengo, siendo ya trabajador del club. Sin sueldo. Solo le ayudaban con algunos gastos que no cubrían todo lo invertido en desplazamiento. A veces tenía que coger dos autobuses diferentes para recorrer los 73 kilómetros de distancia entre São Gonçalo y el centro de entrenamiento.

Vinícius con su hermana y sus padres en una imagen de la escolinha del Flamengo. Foto: Virtudes Sánchez

Vinícius con su hermana y sus padres en una imagen de la escolinha del Flamengo. Foto: Virtudes Sánchez

Las familias de varios niños futbolistas de la ciudad se unieron para pagar un servicio privado de desplazamiento que les salía más barato. Era una sencilla furgoneta que los llevaba y los traía todos los días por 500 reales cada uno, la mitad del salario mínimo actual y que en aquella época suponía un peso aún mayor.

Al principio Vinícius iba a la escuela por la mañana y a entrenar por la tarde. Muchas veces no le daba tiempo ni a comer, lo hacía por el camino entre los sonidos de claxon y las caras de otros niños de su edad que venden golosinas y bebidas entre los coches para ayudar a los suyos a subsistir. Lejos del fútbol pero siempre en medio de él…

A los 14 años un primo de su padre, Ulysses, le ofreció que Vinícius fuera a vivir con él y su mujer, Tatiana, a un barrio de la zona norte de Rio de Janeiro, también distante pero mucho más próximo al centro de entrenamiento. Con dolor por alejarse de su hijo y verlo en sus raros días libres, los padres aceptaron. Con un fin: facilitar la vida del pequeño para que pudiese cumplir su sueño de triunfar como futbolista.

En poco tiempo el Flamengo le hizo un contrato que permitió que todos cambiasen de vida. Cuando el Real Madrid lo fichó con apenas 16 años, ya vivía en Barra da Tijuca, uno de los barrios más exclusivos de Rio de Janeiro y donde se concentran futbolistas, presentadores, actores y todo tipo de celebridades.

Fueron pocos meses de adaptación antes de enfrentarse a otra mayor: el salto a Europa. Estuvo solo seis meses en el equipo profesional del Flamengo. Ya sabían en su círculo más próximo que el tiempo compitiendo en Brasil iba a ser corto. Tenía a varios de los clubes europeos más importantes detrás de él desde los 12 años. El Real Madrid solo se llevó el gato al agua porque Vinícius resultó ser madridista.

Seguía a Cristiano Ronaldo, comentaba algunas jugadas del equipo en su antigua cuenta de Twitter y celebraba sus victorias en la distancia. El Barcelona lo quiso contratar también y sus padres incluso llegaron a viajar a la ciudad condal para conocer las instalaciones y evaluar cuál de las propuestas, si la del Real Madrid o la del Barcelona, valía más la pena.

Un día sonó el teléfono. Era tío Ulysses, como lo llama. “Vini, te tienes que decidir ya”, le dijo. “Hala Madrid y nada más”, fue la respuesta.

Después de ese momento los clubes pactaron una renovación de Vinícius con el Flamengo, una subida salarial y de su cláusula de rescisión que el Real Madrid pagaría para garantizarse fichar a un precoz futbolista que, a pesar de firmar, no podría viajar a España hasta cumplir los 18 años.

Su primer entrenamiento con el primer equipo del Flamengo en el Ninho de Urubu fue pasado por agua. Llovía a cántaros. Había expectación porque los rumores sobre su fichaje por el Real Madrid no paraban de crecer.

Nervioso, con ansia por ser uno más, por crecer aceleradamente, participó poco en los primeros rondos. Salió sonriente, como siempre, todavía tímido. Como el día de su debut en Maracaná. “Veía a todos los jugadores con la camiseta del rival”, reconoció. Fue posiblemente su peor partido. La única vez que le pesó la camiseta. Perdió todos los balones que le llegaban y no le salió nada bien.

Cuando por fin se anunció el acuerdo entre Flamengo y Real Madrid y el club carioca recibió la primera parte de los 45 millones de la cláusula de rescisión, la anterior directiva decidió reforzar el equipo. Compraron a varios jugadores, algunos en la posición de Vinícius, que sufrió hasta con cuatro entrenadores diferentes para ganarse la posición. Contra todo y contra todos, la ganó.

Sufrió fuertes y crueles críticas, poco habituales tratándose de un chico de su edad. Con solo 16 años dividió a Brasil. Los flamenguistas siempre lo apoyaron. A los no flamenguistas les costó reconocer el talento y el valor de una ‘cría’ rival. Ser pobre, negro y ‘favelado’, no ayudó. En algunos campos se enfrentó a episodios racistas que lejos de abatirlo lo fortalecieron.

Cuando llegó la hora de salir de Rio de Janeiro para viajar a Madrid, lo hizo como ‘pichichi’ del Flamengo. La afición lo coreó y lo abrazó en su último partido en casa, contra el Paraná. Al grito de “fica Vinícius” (Vinícius, quédate), la grada le mostró el respeto, cariño y admiración que le tiene hasta hoy. Y provocó su llanto. Todavía nadie había admitido que esos serían sus últimos minutos como ‘rubronegro’, pero sus lágrimas lo delataron. Es tan difícil para él disimular como no dar el máximo en cada partido.

En el momento del adiós ya estaba todo preparado. Había viajado a Madrid durante las vacaciones de Navidad. Fue su primera vez en el Santiago Bernabéu, como espectador. No recibió una acogida tan planificada como la que más tarde tendría Rodrygo. No se vistió de traje, ni atendió a los micrófonos de Real Madrid TV. Pasó desapercibido.

Durante meses, sus representantes y asesores se encargaron de diseñar cómo sería la nueva vida de Vinícius y su familia en Madrid. El cambio fue absoluto. Del problemático São Gonçalo pasó a Barra da Tijuca y de allí a La Moraleja. La idea era recrear su vida en Rio de Janeiro en la capital de España. Que su entorno fuese el más parecido posible, porque lo iba a necesitar.

Tener a sus seres queridos lo más cerca posible es lo que da estabilidad a Vinícius y lo mantiene centrado. De lo contrario, el riesgo de deprimirse y abatirse ante las adversidades sería elevado. Todo el mundo se mudó: sus padres, sus hermanos (el cuarto, Bernardo, estaba todavía en camino), Ulysses y Tatiana y sus dos mejores amigos desde la infancia: Menegate y Wesley, a quienes conoció en las categoría inferiores del Flamengo. Amigos, hermanos. Así los considera. Leales, fieles y compañeros. Cuando Vinícius está en casa, nadie lo deja solo. Cuando viaja fuera de Madrid, unas veces lo acompañan, y otras no.

Estudian español, están integrados en la ciudad y luchan cada día para superar ellos mismos lo que vinieron a evitar que su amigo sintiese: saudade. La pena y la nostalgia de estar fuera de casa, lejos de su familia, en un ambiente cómodo sí, donde nada les falta, más allá del amor de sus propias madres. Tal vez por eso a la de Vinícius, Fernanda, la llaman ‘mamá’.

Cuando Vinícius sufre, ellos sufren. Cuando está feliz, vibran con su alegría. El gol contra el Barcelona fue un momento de liberación y de felicidad que ponía si no fin, al menos un paréntesis, a las dudas sobre él y sobre su capacidad. Con más o menos puntería, Vinícius no se ha olvidado de marcar goles. Siempre lo hizo. “¿El primero de mi vida? No me puedo acordar”, responde entre risas el que un día llamaron ‘Vinigol’.

El post Clásico

Nada fuera de lo normal. Después de marcar el primer gol de la victoria del Real Madrid sobre el Barcelona (2-0) en el Santiago Bernabéu, Vinícius hizo lo que siempre hace pero mucho más feliz. Se reunió con sus amigos, respondió algunos mensajes más de lo habitual, habló con sus padres que estaban en Rio de Janeiro y grabó pequeños vídeos para usar en su canal de Youtube que en pocos meses ya tiene más de un millón de suscriptores.

Antes fue atendido por su fisioterapeuta. Después de un partido, ya sea en Madrid o en otro lugar, llegue a la hora que llegue, se somete a una sesión de recuperación. Vinícius se toma muy en serio esta parte y es exigente. Siempre quiere estar al 100%.

No salió de casa que es donde más le gusta estar. Rodeado de los suyos, sus íntimos. Comiendo los platos tradicionales brasileños que Vanessa, prima de Fernanda, prepara con dedicación y cariño.

Revisó algunas jugadas del partido con sus amigos mientras escuchaban música. La samba y el pagode ponen la banda sonora en la mansión de Vinícius, lo que más le gusta oír. Y cantar… hizo famosa la canción ‘Atrasadinha’ de su amigo Felipe Araújo gracias a un ‘stories’ que dio la vuelta al mundo y que todavía los brasileños le recuerdan en todas y cada una de sus publicaciones en las redes sociales. “Ela é uma boa menina” es el estribillo que le acompañará para siempre. Mientras unos se ríen, él se divierte.

Al día siguiente organizó un churrasco en casa con sus amigos, familiares y asesores, jugaron al ‘futmesa’, que es uno de sus pasatiempos preferidos, y se relajó. Pensó en el siguiente partido y en el siguiente gol.

* Reportaje realizado para el suplemento ‘Crónica’ del periódico El Mundo que publicó una parte el domingo 8 de marzo de 2020.

 

 

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