Día 61 de cuarentena. El coronavirus ha impactado con fuerza en Brasil. Cuando decidí aislarme en casa y salir solo para hacer la compra una vez a la semana (a veces más tiempo), casi nadie era consciente de la gravedad de la situación.

Me decían que exageraba, que el hecho de que estuviese muriendo mucha gente en Europa no significaba que aquí también tuviese que pasar. “¡El calor mata al virus!”, exclamaban cuando querían auto convencerse de que podían seguir haciendo una vida normal.



Grabé un vídeo en el canal de YouTube el día 4 de abril, cuando el impacto del COVID-19 en España ya era considerable y la cifra de fallecidos se acercaba a los 12.000.

Con estado de alarma implantado, confinamiento total y la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtiendo un día sí y otro también de que se trataba de una pandemia mundial, llegué a desesperarme.

Me agobié leyendo noticias, viendo la televisión y saliendo al supermercado. A pesar de que los gobernadores de la mayoría de los estados, incluido Rio de Janeiro, donde estoy, mandaron cerrar bares, restaurantes, gimnasios, centros comerciales y otros establecimientos para evitar más contagios, la mayoría de la gente no hacía las cosas bien. O no se quedaba en casa o usaba las mascarillas mal o las dos cosas a la vez.

En São Paulo se pusieron como meta alcanzar el 70% de aislamiento voluntario. O sea, que la gente por su propia voluntad decidiese no salir para protegerse sin tener que implantar el confinamiento. El mejor dato superó por poco el 50%. Hasta en eso Brasil está dividido: los responsables y los que no, los que se pueden permitir estar en sus casas y los que no…

Sabía que llegarían momentos complicados. Incluso las compañías aéreas recomendaron a los clientes solicitar la devolución de sus billetes en lugar de cambiarlos. Me pasó. Tenía vuelo a Madrid para el 22 de mayo y me incitaron a solicitar la devolución porque no sabían cuando podrían retomar las actividades con normalidad en Brasil.

Al final lo cambié para el día 1 de julio con la incógnita de qué sucedería más adelante. Preferí eso porque podía hacerlo. Al final tengo un lugar seguro donde vivir. Algunos españoles que estaban haciendo turismo o pasando una temporada más corta por aquí, sufrieron situaciones de verdadera desesperación los primeros días, cuando se estaba preparando todo para el cierre de fronteras.



Mientras nosotros decidíamos si nos íbamos a la desesperada o no, los brasileños nos veían como locos. Unos amigos que estaban pasando unos días a São Luis de Maranhão tuvieron que solicitar la cancelación de la reserva antes de tiempo al dueño del apartamento que alquilaron.

Hice de intermediaria y me llegó a decir: “Eso pasa en Europa pero aquí no, aquí está todo normal”. Semanas más tarde fue precisamente esa ciudad la primera en todo Brasil en decretar el confinamiento total temporal para que no se expandiese más el coronavirus.

Pasando la cuarentena en Copacabana. Foto: Virtudes Sánchez

Pasando la cuarentena en Copacabana. Foto: Virtudes Sánchez

 

Y desde España me preguntaban una y otra vez, y lo siguen haciendo: “¿Cómo están las cosas en Brasil? ¿Por qué no te vienes?” Algunos lo decían y otros no, pero desde la distancia existían dos miedos: la capacidad sanitaria del país para afrontar una situación tan grave y las decisiones tomadas por Bolsonaro, que desde el principio se negó a reconocer la gravedad y mostró su desacuerdo con la paralización de los negocios.

Para Bolsonaro lo más importante es que la gente se mueva, que trabaje y que el país no tenga que desembolsar mucho dinero para ayudar a las personas que más lo necesitan. Como ha sido siempre. Los ricos se resisten a ofrecer solidaridad a los pobres y en Brasil hay millones de pobres…

Y, por si fuera poco, grupos de bolsonaristas radicales organizan encuentros y generan aglomeraciones. Usan pancartas mostrando su rechazo al cierre de establecimientos e incluso se atreven a cargar con ataúdes en alusión a las víctimas, que a día de hoy superan las 16.000 oficiales.

Esa falta de empatía, de conciencia y de solidaridad es lo que más me ha afectado. Hasta que decidí parar de publicar informaciones y opiniones en las redes sociales durante una semana. Centrarme en mi, en lo que yo puedo hacer, y prestarle menos atención a lo que hacen los otros, incluidos los políticos irreponsables como Bolsonaro.



Y ya estoy mejor. Dispuesta a afrontar lo que nos quede de cuarentena. Renunciando a actividades básicas como pasear al sol maravilloso de Copabana. Por mi bien y por el bien de todos. Hasta que pase. Porque pasará…



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