El último post del blog antes de este lo publiqué hace más de diez meses. He estado ausente por varios motivos personales que no me permitían llegar aquí y escribir, contar historias, anécdotas, reflexionar y enseñar Brasil. Lo que siempre he hecho.

Mi madre y yo en el campo, en el pueblo donde vivíamos, en Ciudad Real (Castilla-La Mancha)

El 26 de marzo de 2021 acababa de salir del gimnasio. Estaba en Rio de Janeiro, subiendo a casa en el ascensor. Antes de llegar a mi planta recibo una videollamada de mi hermano. Era la primera en toda la vida porque nuestra relación nunca fue de las mejores. «¿Qué ha pasado?», pregunté. Sabía que era una de esas llamadas que todos los inmigrantes vivimos con miedo de recibir…

«Mamá se ha caído por la escalera y se la han llevado en la ambulancia al hospital de Ciudad Real», respondió. «Bueno, pero es una caída, no será tan grave. ¿Se ha roto algo?», pregunté. «Sí, si es grave. Es muy grave. Se ha quedado inconsciente totalmente, no hablaba, no gesticulaba, nada. ¡Es grave, sí! ¡Vente!».

Colgué todavía pensando que no podía ser. Me costó reaccionar. Me senté en el sofá, perdida, sintiendo que no era posible que estuviese pasando eso. Todo lo que hice después no fue voluntario, fue automático, como si alguien me estuviese dirigiendo.

Busca las maletas. Selecciona un poco de ropa… bastante. Para todo el año. Por si acaso. Dobla todo. ¿Qué más? Ahora recoge la casa lo suficiente para hacer con ella lo que sea necesario porque no sabes cuándo vas a volver. Avisa en el trabajo. Cierra las maletas. Compra un billete de autobús a São Paulo. El primero que haya. Y un billete de avión. Cueste lo que cueste. Cierra la puerta y te vas.

Llegué a São Paulo después de más de seis horas de viaje en autobús en plena pandemia. El anterior lo había hecho solo unas semanas antes, cuando fui a España porque mi padre se había contagiado de COVID y quería estar cerca de mi madre por lo que pudiera pasar.

Estuve 15 días con ella. Como si estuviese predestinado que me tenía que despedir. Le mandé vídeos de ese mismo trayecto: «Mira por dónde voy, mira qué campos tan grandes hay aquí», le dije porque le gustaba mucho lo rural, los animales, la normalidad, la humildad, la sencillez y la gente.

Mi sueño era que acabara la pesadilla de la pandemia y poder traerla a Rio de Janeiro. Sabía que conocer la cultura brasileña, la alegría de las personas en la calle, a pesar de los pesares… le enseñaría que agradecer por estar vivos es un don que los brasileños cultivan todos los días y que nosotros necesitamos aprender. Para lamentarnos menos y disfrutar más.

No me dio tiempo. Después de hacerme la PCR en el propio aeropuerto de Guarulhos (si hubiese dado positivo no podría viajar), recibí la llamada del médico que atendía a mi madre en la UCI.

– «Virtudes, tengo que hablar contigo. ¿Dónde estás? ¿Te puedes sentar en algún lugar tranquilo?», me pidió.

– «Estoy en la zona de embarque esperando a que salga mi avión a Madrid. Dígame lo que sea, por favor».

– «Tu madre está muy mal. No es posible recuperarla. Ha sufrido dos traumatismos craneoencefálicos… piensa que ha tenido una buena vida, una vida saludable, que no ha sufrido…»

– «¿Se puede mantener con vida hasta que llegue? No me gustaría que mi madre se muriera estando en el avión. Hasta que llegue por lo menos, por Dios…»

En ese momento mi vida cambió para siempre. «Tu madre se va a morir, no podemos hacer nada». El médico fue tajante, realista, tal vez un poco insensible teniendo en cuenta las circunstancias, pero me sirivó como lección de vida. Cuanto más rápido y más claro sea el mensaje, mejor. La aceptación es fundamental y la fuerza más todavía.

Llegué a Madrid sabiendo que mi madre se iba a morir, que no podría hablar más con ella, que no me vería, ni me reconocería, ni me apoyaría, ni me ayudaría, ni me cuidaría como hizo siempre. La única persona que lo hizo, por otra parte…

Me dejó los mensajes clave para que pudiera continuar en la vida con sabiduría y bienestar: «No dependas de nadie, no molestes a nadie, haz las cosas por ti». Y uno que más tarde iría yo misma descubriendo poco a poco: «Eres la más perjudicada de la familia». Solo hizo falta perderla para poder comprobar hasta qué punto eso era verdad.

La perdí. Inevitablemente. Nadie pudo hacer nada. Casi no me dejaron verla: «Se ha caído, puede estar irreconocible, te vas a quedar con esa imagen toda la vida», me decían.

Pero fui al hospital. La vi, guapa como siempre. Al día siguiente sus órganos empezaron a fallar. Hasta que su corazón se paró.

Otra de las cosas que aprendí y que puedo recomendar a todo el mundo: A una madre que se está muriendo hay que verla en cualquier situación. En cualquiera. Aunque estuviese hecha pedazos, o ceniza, la volvería a ver porque esa conexión madre e hija supera cualquier situación física o estética. Es de almas. Una frente a otra. Podríamos ser invisibles y, sin embargo, estaríamos conectadas.

A una madre hay que verla en cualquier situación.

Y cuando digo esto me refiero a una madre que lo ha dado todo en la vida por ti. Porque otra cosa que he aprendido durante mi tiempo de ausencia es que la familia son las personas que te quieren, te cuidan, te acompañan y se preocupan por tu vida. Y no necesariamente esas personas llevan tu sangre o tus apellidos.

Yo tengo una nueva familia que son mis amigos. Amigos maravillosos a los que no me conecta nada más que la confianza y buenos sentimientos. Entre ellos, algunos seguidores de este blog.

A todos: GRACIAS.

Han sido meses muy difíciles y lo siguen siendo.

He estado y estoy cuidando de mi. De mi cuerpo y de mi cabeza. Sobre todo de mi cabeza.

Y no puedo escribir más porque, ¿para qué?

Hasta ahora me ha costado encontrar la fuerza, la motivación, las ganas…

Perdí mi alegría de vivir, perdí la motivación, no era capaz de encender el móvil y grabar un simple stories para contar algo alegre.

Ha sido una montaña rusa de emociones. Me ha costado asumir las nuevas situaciones, pero aquí estoy, en Rio de Janeiro, de nuevo. En Brasil, mi refugio, mi lugar…

Prometo continuar, ser más constante, seguir contando cosas y estar conectada con todos los que siguen dedicando unos minutos de su vida a leer.

Gracias por la paciencia, por los mensajes, por el apoyo. Gracias por existir.

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